19 de Agosto de 2019
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Ingrid Betancourt
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Ingrid Betancourt

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Política

Luchadora, rebelde, fuerte, aguerrida, contestataria, tozuda... los calificativos que acompañan a Íngrid Betancourt no son los que describen a una persona que pasa desapercibida. En Francia le llamaban La Juana de Arco colombiana y Raúl Reyes, el portavoz internacional de las FARC (el grupo terrorista que la secuestró), la describió como una señora de temperamento volcánico, grosera y provocadora con los guerrilleros. Ella misma no escapó de la tentación de definirse y en una de las cartas que envió a su madre mientras estuvo secuestrada reconocía: "Estos casi seis años de cautiverio han demostrado que no soy tan resistente, ni tan valiente, ni tan inteligente, ni tan fuerte como yo creía".

El día de Navidad de 1961 nacía en Bogotá en el seno de una familia acomodada. Su padre, Gabriel Betancourt, fue ministro de Educación y fundador del Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior (ICETEX) en la época de gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. Su madre, Yolanda Pulecio, fue representante de la Cámara por Bogotá y siempre ha sentido inquietudes sociales, lo que le llevó a fundar en esa ciudad un hogar de acogida para niños.
En estas líneas quedan apuntados ya tres puntales que marcarán la vida, el carácter y las inquietudes de Íngrid: educación, política y vocación de servicio hacia los demás.
Estudió secundaria en el Liceo Francés de Bogotá y ciencias políticas en París, en el Instituto de Estudios Políticos. Allí se especializó en comercio exterior y relaciones internacionales. En esos años de residencia parisina, ocasionada por el desempeño de su padre como embajador ante la UNESCO, es cuando conoce a su primer marido y padre de sus dos hijos: Fabrice Delloye. El matrimonio permaneció unido entre 1981 y 1990, año en que se separó. Es en esta época también cuando consigue la doble nacionalidad: francesa y colombiana.
La influencia de su padre en su carrera y en su orientación profesional es notable. El momento más triste que tuvo que superar en la soledad del cautiverio fue la noticia de la muerte de este, que leyó en un viejo periódico que de manera casual cayó en sus manos.
Su trayectoria política se inició a su regreso a Colombia en 1989 y está marcada por un afán personal de desmarcarse de todo tipo de corrupción y por un deseo permanente de aparecer como alguien con las manos absolutamente limpias. Este hecho y las críticas que vertió sobre quienes no eran tan impecables le hizo ganar no pocos enemigos.
Militó en el Partido Liberal y fundó el Partido Verde Oxígeno. Llegó al senado de Colombia en 1998 respaldada por más de 150.000 votos, la votación más alta del país.
Un secuestro con La Biblia como único lujo. La vida de Íngrid ha venido marcada por el secuestro y cautiverio a que le sometió el grupo terrorista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y que dio comienzo el 23 de febrero de 2002, cuando era candidata a las elecciones presidenciales de su país por el Partido Verde Oxígeno. Este grupo guerrillero que se proclama marxista-leninista la retuvo durante 6 largos años, para ser precisos la curiosa cifra de 2.323 días. Poco antes las FARC habían suspendido el diálogo con el gobierno del presidente Pastrana.
Un secuestro típicamente político que, como otros, tenía el objetivo de servir a los terroristas para canjearla por guerrilleros que están en las prisiones colombianas, en un tipo de operación que se conoce como "acuerdo humanitario". En todo ese tiempo Íngrid contó, según su propia confesión, con un único lujo: La Biblia.

Las FARC entendieron pronto que Íngrid era la joya de la corona que les concedía cierta relevancia para negociar. Por eso el secuestro se prolongó largo tiempo y ni la intervención del gobierno francés, ni la mediación del presidente venezolano Hugo Chávez, ni otras liberaciones, ni los cinco intentos de fuga de la secuestrada lograron poner fin a esta retención tan en contra de los derechos fundamentales. Solo la intervención del ejército colombiano, en una operación en la que no hubo muertos ni heridos, logró devolverle la libertad.
A pesar de que conserva intacto su sueño de dirigir Colombia, probablemente Íngrid Betancourt no llegue a ser conocida internacionalmente por sus críticas a los políticos corruptos de este país ni por su escaño de senadora, pero las imágenes que dieron la vuelta al mundo son las del 2 de julio de 2008, día de su liberación. En ellas aparecía ataviada con una chaqueta y un gorro del ejército colombiano, su salvador, y muy ligera de equipaje: apenas una bolsa en la que llevaba unas cartas para su madre y sus hijos, un diccionario y un trozo de jabón.