19 de Octubre de 2019
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por Vicente Cassanya
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B.- LA PEREGRINACIÓN COMO EXPERIENCIA TRANSPERSONAL
En su incesante movimiento por el espacio celeste, los cuerpos de nuestro Sistema Solar forman una serie de ciclos planetarios de muy distinta duración y significado, siendo, en su conjunto, coincidentes con las experiencias y los cambios que se van produciendo en los niveles individuales y colectivos. Los ciclos más largos son los que condicionan las estructuras más amplias, o lo que podríamos llamar los grandes contextos, teniendo una trascendencia mayor y operando cambios más profundos, señalando también las diferencias generacionales y los grandes giros históricos. De algún modo, los ciclos largos predominan y tienen mayor importancia, puesto que señalan el contexto en el que discurren nuestras vidas.
Desde esta perspectiva, anotamos dos tipos de ciclos:

I) Ciclo corto o personal, microcósmico, relacionado con lo rápido, lo efímero, la proximidad e incluso la concreción y la materia.
II) Ciclo largo o transpersonal, macrocósmico, relacionado con lo lento, lo trascendente, la lejanía e incluso la abstracción y el espíritu.

Los ciclos cortos los forman los llamados planetas personales (Sol, Luna, Mercurio, Venus y Marte) y su duración va de un mes a un par de años, incidiendo especialmente sobre el individuo. Un ejemplo de estos ciclos lo tenemos en las conjunciones Sol-Luna que se forman cada mes, poniendo en juego las relaciones de nuestro consciente con el subconsciente. Pero conviene trascender la experiencia personal para alcanzar una dimensión mayor que uno mismo y poder armonizar mejor la individualidad con el Todo.
Los ciclos largos los van formando los planetas sociales (Júpiter y Saturno) y los generacionales o transaturnianos (Urano, Neptuno y Plutón), actuando especialmente en el desarrollo histórico-social. Estos planetas son muy significativos para las macroestructuras que nos envuelven y que, al mismo tiempo, va confeccionando el ser humano junto a las circunstancias (leyes, religiones, culturas, políticas, económicas...). Casi siempre anuncian grandes acontecimientos repetitivos. De algún modo, los humanos necesitamos de esas macroestructuras como marco referencial, en parte, quizá sea porque nos ofrecen la posibilidad de llegar a ser algo más que uno mismo. En este sentido, las religiones tienen un fuerte punto de sostén.
Todo tiene sus proporciones, por lo que tenemos dificultades para ver, reconocer o interpretar fenómenos extremadamente grandes o extremadamente pequeños, igual que nuestra vista sólo es capaz de ver una determinada franja lumínica, siendo invisibles para nuestros ojos las longitudes de onda superiores e inferiores de dicha franja. Sin embargo, a menudo, el conocimiento o experiencia de un fenómeno o ciclo menor nos permite, a través de una relación de analogía, la comprensión de otro fenómeno o ciclo mayor, igual que un telescopio nos ofrece la posibilidad de ver objetos celestes inalcanzables a simple vista.
Con este motivo surgieron numerosos ritos, danzas, procesiones y peregrinaciones, en los que se imita -por analogía-, consciente o inconscientemente, a los movimientos planetarios. A través de ellos se intenta ejercer una especie de magia para sintonizar mejor con los dioses, o se pretende la comprensión de un fenómeno demasiado lejano y lento para la vida humana a través de un acto que podemos concretar aquí en la Tierra.
Visto así, la peregrinación se convierte en una intención de trascender la experiencia personal. Y, a su vez, sería más válida que los ritos, danzas y procesiones, a los que antes hemos aludido, porque su duración es mayor, arrastrando calificativos del ciclo transpersonal, puesto que suele ser larga e implica lejanía. Por ello mismo, conviene que la peregrinación se haga a pie, ya que se necesita más tiempo y, en consecuencia, nos acerca más a la espiritualidad implícita en los ciclos lentos señalados más arriba.
Encontramos, pues, motivos astrológicos para hacer peregrinaciones porque, de algún modo, imitamos a pequeña escala los movimientos cósmicos, acercándonos más a sus connotaciones espirituales y a la posibilidad de trascender el plano individual.
De todos los ciclos conocidos el mayor es el de la Vía Láctea, donde nuestro Sistema Solar en su conjunto emplea unos 200 millones de años en dar una vuelta completa. En numerosas mitologías la Vía Láctea ?conocida por algunos con el nombre de Camino de Santiago- se identifica con el Gran Río por el que discurren todas las almas en sus transmigraciones. De modo que todos los puntos blancos (estrellas) visibles en ella serían la imagen de las almas en peregrinación. También los druidas lo consideraban como el ciclo más largo y lo relacionaban con la inmortalidad del alma. Y no deja de ser curioso que la Vía Láctea vaya de la constelación de Géminis a la de Sagitario, signo relacionado con el apóstol Santiago.